Retail sensorial para un producto íntimo: estrategia de recorrido, visual merchandising y la integración de un yacimiento del siglo XII como parte de la experiencia
Crear un espacio comercial capaz de transformar una compra íntima en una experiencia natural, sugerente y cuidada.
La Eroteca planteaba un reto de diseño comercial poco convencional: una tienda especializada en producto erótico, sexual, textil, cosmética, literatura y objetos vinculados al deseo, situada en dos niveles, con acceso desde un pasaje comercial a pie de calle y zona principal de venta en planta inferior.
El objetivo era diseñar una tienda que despertara curiosidad sin resultar explícita, que atrajera sin incomodar, y que consiguiera que la bajada a la planta inferior no se percibiera como una barrera, sino como parte del recorrido: una invitación progresiva hacia un espacio más privado y más especializado.
El reto era doble. Por un lado, el producto: categorías difíciles de exponer a pie de calle — erótico, sexual, textil, cosmética, literatura, arte, joyería, mobiliario — que no podían mostrarse todas con el mismo nivel de presencia visual.
Por otro, el espacio: el punto de venta principal estaba en planta inferior. Si el cliente no entiende qué va a encontrar abajo, no baja. Si lo entiende demasiado explícitamente, puede sentirse expuesto. Si no se genera deseo, pasa de largo.
La solución no podía ser gritar el producto desde la calle. Tenía que insinuarlo.
Nuestra metodología SOUL PRODUCTIVITY nos permitió leer el proyecto desde sus tres dimensiones: quién es el negocio, quién lo usa y qué quiere lograr. A partir de ahí, desarrollamos una estrategia comercial que convertía cada dificultad — el espacio en dos niveles, el producto sensible, el acceso discreto — en parte de la identidad del espacio.
La tienda se ubicaba en un pasaje comercial del centro de Murcia, con acceso a pie de calle y desarrollo principal en planta inferior. Esta condición generaba una tensión muy interesante: visibilidad limitada, pero posibilidad de crear un recorrido más íntimo y teatral. En la planta inferior aparecía además un elemento singular: un yacimiento del siglo XII, que convertía el espacio en algo mucho más especial que una tienda convencional.
El acceso era el punto crítico. En una tienda convencional, el escaparate puede enseñar producto y activar una compra inmediata. Aquí no. La exposición debía trabajar desde una clave más sutil: curiosidad, insinuación y permiso. La bajada al local debía convertirse en una transición — de la calle al interior, de lo público a lo privado — funcionando como una secuencia comercial: captar, sugerir, acompañar y conducir.
¿Cómo se vende un producto íntimo sin hacerlo incómodo? La respuesta no pasa por ocultarlo todo ni por enseñarlo todo. Pasa por graduar la exposición. Textil, cosmética, literatura y objetos de diseño podían mostrarse con naturalidad. Otras categorías necesitaban una presentación más reservada. Esta jerarquía permitía construir una tienda más sofisticada: primero se activaba la curiosidad, después se facilitaba la exploración y finalmente se acompañaba la decisión.
La instalación de manzanas es uno de los grandes aciertos del proyecto. No es decoración gratuita — es narrativa comercial. La manzana funciona como código reconocible: deseo, tentación, curiosidad, juego. Pero lo hace sin mostrar producto explícito. Una manzana dorada entre muchas manzanas doradas, con una sola manzana roja. Es una forma inteligente de comunicar el universo de la tienda desde el símbolo y no desde la literalidad. La manzana no mostraba el producto. Activaba el imaginario.
La tienda tenía que equilibrar dos fuerzas opuestas: atraer y proteger. Atraer, porque el negocio necesitaba generar tráfico y conseguir que el cliente bajara. Proteger, porque el cliente podía necesitar discreción e intimidad. El diseño se alejaba del exceso visual y apostaba por un ambiente más sofisticado, cálido y accesible — no trataba el producto desde lo vulgar, sino desde una atmósfera más sugerente, escenográfica y cultural.
El yacimiento del siglo XII era una oportunidad extraordinaria. En vez de entenderlo como una limitación, el proyecto lo convirtió en parte de la identidad del espacio. La tienda ganaba así una capa inesperada: no era solo un local de venta, sino un espacio con memoria, textura y singularidad. Esa mezcla entre deseo, historia y descubrimiento hacía que el recorrido tuviera más profundidad. El espacio no ocultaba su condición subterránea: la convertía en parte de la experiencia.
Un espacio comercial capaz de convertir cada dificultad en una ventaja. La planta sótano dejó de ser un obstáculo para convertirse en un recorrido de descubrimiento. El producto dejó de necesitar una exposición agresiva para integrarse en una narrativa más insinuada, simbólica y elegante. El acceso dejó de ser una simple bajada para funcionar como una invitación.
El proyecto combinó retail sensorial, visual merchandising, discreción, narrativa simbólica, aprovechamiento de un espacio histórico singular y estrategia de recorrido.
"Cuando el producto es delicado, el espacio tiene que hacer algo más que mostrarlo: debe crear permiso, curiosidad y confianza."
Plano de distribución: la escalera como elemento clave del recorrido comercial
Local en obra, sin identidad
Retail sensorial con identidad propia
La bajada a planta inferior diseñada como secuencia comercial: captar, sugerir, acompañar y conducir al cliente
La manzana como código visual: activa el imaginario del cliente sin mostrar producto explícito ni romper la discreción
Un yacimiento del siglo XII convertido en parte de la identidad: el cliente no solo compraba, descubría un lugar único
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